¿Y si el IMC infantil nos ha estado engañando?

Publicado el 16 de abril de 2026, 17:55

Durante más de cuatro décadas, médicos e investigadores han observado un fenómeno en la infancia conocido como rebote de adiposidad: un momento, alrededor de los seis años, en el que el índice de masa corporal (IMC) deja de bajar y comienza a subir. Este cambio se ha interpretado tradicionalmente como una señal de alerta temprana de obesidad.

Sin embargo, un nuevo estudio publicado en The Journal of Nutrition —revista científica de la American Society for Nutrition (ASN)— propone una lectura muy distinta, y potencialmente transformadora, de este proceso.

La investigación, basada en datos de más de 2,400 niños y adolescentes en Estados Unidos, encontró algo que cambia el enfoque: mientras el IMC aumenta en esa etapa, otra medida considerada más precisa —la relación cintura-estatura— continúa disminuyendo. En términos simples, esto sugiere que ese aumento del IMC no refleja necesariamente más grasa corporal, sino el crecimiento natural de tejidos magros como el músculo y el hueso.

Este hallazgo cuestiona una idea profundamente arraigada. Durante años, un rebote temprano del IMC se ha visto como un indicador de riesgo. Hoy, podría interpretarse, en muchos casos, como parte normal del desarrollo.

El problema está en la herramienta. El IMC, aunque ampliamente utilizado, tiene una limitación importante: no distingue entre grasa y masa muscular. En un cuerpo en crecimiento, esta diferencia es crucial.

Por eso, los investigadores insisten en la necesidad de complementar el IMC con otras métricas más específicas, como la relación cintura-estatura, que permite estimar mejor la grasa abdominal, un factor más directamente vinculado a riesgos de salud.

El mensaje es claro: no todo aumento en el IMC debe interpretarse como una señal de alarma.

De hecho, una lectura incorrecta puede llevar a etiquetar como problema lo que en realidad es un proceso fisiológico normal. Esto no solo genera preocupación innecesaria en los padres, sino que también puede derivar en decisiones clínicas equivocadas.

Este estudio se suma a una tendencia creciente dentro de la comunidad científica: cuestionar el uso del IMC como única herramienta diagnóstica, especialmente en niños, cuyos cuerpos cambian rápidamente.

En un contexto donde la obesidad infantil es una preocupación real, medir mejor es entender mejor. Y entender mejor es clave para intervenir de forma adecuada.

Tal vez el problema no sea lo que está ocurriendo en el cuerpo de los niños, sino cómo lo estamos interpretando.

FUENTE: ASN

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